Psoriasis: cuando la piel habla
- Sandra Verástegui
- 21 ago 2025
- 4 Min. de lectura

Durante mucho tiempo, mi piel fue el altavoz de todo lo que mi cuerpo no sabía cómo decirme. No hablaba con palabras, hablaba con placas, con picor, con inflamación. Al principio, la psoriasis fue una condena. ¿Por qué a mí? No lo entendía. Tampoco que “no tuviera cura”. ¿Cómo iba a estar así de por vida? Pero con el tiempo —y con mucha introspección— entendí que no era un castigo: era un mensaje, un aviso del cuerpo. Me estaba gritando algo más profundo que pedía ser atendido y yo estaba ignorando. Por desconocimiento y por no saber escucharme.
En las fotos de esta entrada verás mi piel, sin filtros ni retoques. Solo enseño una parte del cuerpo, pero tenía placas en zonas que ni sabía que existían. También estaban por dentro. El dolor en mis articulaciones me lo confirmaba. Entre una imagen y otra hay seis meses de diferencia. Un antes y un después que no tienen que ver solo con lo que comía o no comía, sino con lo que pensaba, sentía y permitía.
Hoy mi piel está en paz porque yo estoy en paz con muchas de las cosas que antes me dolían. Pero también porque he entendido, desde el estudio y la experiencia, cómo funciona el cuerpo cuando hay inflamación crónica. La psoriasis no es un problema de piel: es una manifestación externa de un desequilibrio interno. Y en mi caso, la raíz estaba en el intestino, en la alimentación, en los niveles de estrés, en los tóxicos a los que me exponía y en todo aquello que sostenía un estado de inflamación silenciosa en mi organismo de manera prolongada. Hay una frase que digo siempre: “Todo lo que está en piel, está en intestino. Todo lo que llega al intestino, entra por la boca. Lo que entramos por la boca es decisión nuestra.” Después de más de diez años desde aquel primer brote y tras infinitas pruebas y muchos errores, puedo decir que he sido mi propio conejillo de Indias. No me gusta hablar de cosas que no he experimentado por mí misma, así que me he hecho un sinfín de “perrerías” hasta dar con lo que a mí me funciona.
Algunos experimentos los recomiendo, porque han sido muy eficaces. Otros han sido un fracaso absoluto, los cuales también compartiré porque han formado parte del proceso. El resto ni los cuento, porque fueron una auténtica locura y no quiero que nadie lo tome de ejemplo. Al final, la conclusión —y lo que me ha funcionado— es abordar la enfermedad desde un enfoque integral. Entendí que el cuerpo no es una máquina con piezas aisladas, sino un sistema vivo, interconectado y profundamente influido por lo que pensamos, comemos, sentimos y hacemos. Mente, cuerpo y alma.
Aposté por una alimentación ancestral basada en comida real, reduciendo al mínimo los ultraprocesados, los azúcares y el alcohol. Eliminé el gluten de mi vida. De él os hablaré en otra entrada de manera larga y tendida, en relación a las enfermedades autoinmunes porque tiene mucha tela que cortar. También dejé de fumar. Introduje ayunos intermitentes de forma natural, sin forzar. Más que ayunar, lo vivo como un descanso digestivo: una pausa que permite al cuerpo enfocarse en repararse y regenerarse. Cuando cenamos muy tarde, ese proceso se ve interrumpido, lo que puede repercutir negativamente en el sueño, en el nivel de energía durante el día siguiente… y también en procesos inflamatorios como la psoriasis o cualquier enfermedad autoinmune. ¿Por qué? Porque el hígado, en lugar de dedicarse a su tarea principal durante la noche —desintoxicar, reparar tejidos, regular hormonas y equilibrar el sistema inmunológico— sigue procesando alimentos. Y si no le damos esa tregua, el cuerpo no puede hacer su parte.
Aprendí a escucharme y a identificar qué alimentos me sientan bien y cuáles, aunque sean “saludables”, no son para mí. No todo lo bueno es bueno para todos. También descubrí lo crucial que es el equilibrio hidroelectrolítico y el papel que juega algo tan básico como la sal. Sí, la sal. La misma que ha sido demonizada. Al igual que las grasas. Al igual que el sol. Elementos que nos llevan acompañando desde que el mundo es mundo y parece que se nos ha olvidado. Todos estos temas, los iré desarrollando con calma en otras entradas a lo largo de este camino que he iniciado con La Favorita y con quienes decidáis caminarlo conmigo.
Si alguien que esté leyendo estas líneas está pasando por algo parecido —una enfermedad autoinmune, un diagnóstico que suena a condena, un cuerpo que parece ir en tu contra— solo quiero decirte algo: no te rindas. No entregues tu poder a la primera etiqueta que te pongan. Al primer diagnóstico. No aceptes sin más que algo es “para siempre”, que “no tiene cura”. No dejes que nadie te diga que no hay nada que puedas hacer.
Yo también estuve ahí. Perdida, asustada, sin saber por dónde empezar. Y aunque no me considero ejemplo de nada, mírame ahora. No porque haya encontrado “la cura”, sino porque decidí no conformarme. Porque empecé a hacer preguntas, a cuestionarme todo lo socialmente establecido y a observarme de verdad. Porque me atreví a dejar de delegar mi salud en otros y comencé a hacerme responsable de ella. No me malinterpretes, eso no significa ir en contra de la medicina moderna ni de los profesionales de la salud —todo lo contrario: los valoro y considero que son una parte fundamental del camino. Pero también creo que la sanación empieza dentro, y que el cuerpo pide que lo escuchemos, no solo que lo silenciemos a través de la “pastilla milagrosa”.
No tengo fórmulas mágicas ni verdades absolutas. Solo tengo mi historia, mis heridas y este fuego dentro que me empuja a compartir lo que voy descubriendo.
No me creas. Cuestiónalo todo. Investiga, prueba, equivócate, vuelve a empezar. Y si estás en pleno túnel, solo quiero recordarte que hay salida. Y que, aunque ahora no lo veas, tú también puedes estar mejor. Ojalá estas palabras encuentren a quien las necesite. Y si al leer esto has pensado en alguien, quizá sea porque le haría bien saber que no está solo. A veces, una historia es justo lo que alguien necesita para empezar a escribir la suya.
Con cariño,
- La Favorita.





